lunes, 18 de mayo de 2015

Despertares

Me desperté con el pie izquierdo. Literalmente, y eso me dejó consternado. Casi siempre me deslizo de la cama con tranquilidad, y como duermo en la mitad derecha de la misma, lo más natural es que el pie de ese lado sea el que toque primero las baldosas del suelo. Sin embargo, aquel día el pie izquierdo se interpuso.

Más tarde, cuando salí a la calle, me sucedió lo mismo. Bajé el escalón de la portería con el pie izquierdo. Y en seguida me di cuenta de que caminaba raro. Recorría las calles y avenidas de siempre, mi paseo habitual para alcanzar el metro, pero aquellos andares no eran los míos. El movimiento de mis piernas no se correspondía con mi voluntad. Más que una diferencia en el arco o la apertura era el desdén con el que oscilaban lo que no se adecuaba a mí. Siempre me he desenvuelto con un porte rígido, incluso cuando era joven, así que no entendía qué demonios estaba ocurriendo. Mis piernas describían mi avance con una dejadez impertinente, como si quisieran demostrar al mundo que eran las mejores en su trabajo. Traté de arreglarlo, pero las órdenes de mi cerebro no llegaban a los músculos, o éstos no querían hacer caso. Los brazos empezaron a tomar posturas en consonancia con las extremidades inferiores; yo nunca caminaba con las manos dentro de los bolsillos. En un determinado momento los dedos de la mano izquierda deshicieron el nudo de la corbata y desabrocharon un par de botones de la camisa. Yo no pude hacer nada para evitarlo.

La situación se repitió durante varios días, y yo iba sintiéndome peor progresivamente. Al cabo de un tiempo opté por la solución más práctica. ¿Qué otra cosa podía hacer? Dejé mi trabajo, vacié el armario y lo llené con un renovado vestuario. Conseguí un trabajo peor pagado pero que se adecuaba mucho mejor a mi nueva expresión corporal. Al final también cambié de piso y debido a la distancia me fue imposible seguir viendo a mis antiguos amigos. 

Hoy me he despertado con el pie derecho y me he dado cuenta de que me cepillaba los dientes de una manera extraña. Pero le he restado importancia.

jueves, 25 de diciembre de 2014

En globo

El chico se cogió con fuerza y usando ambas manos a la cintura de su padre, envolviéndolo con sus brazos. Cada vez que les golpeaba una corriente violenta de viento hacía lo mismo, y cuando ésta pasaba, esperaba prudencialmente para soltarse. Su padre le protegía a su vez la cabeza, atrayéndolo hacia sí. El globo no se tambaleaba especialmente, y el aire no era demasiado fuerte, pero ambos se sentían reconfortados con aquella actuación.

Tenían escasa experiencia en ir en globo, pero entre los dos se estaban desenvolviendo bastante bien. Era cuestión de percibir bien las corrientes adecuadas y usar los mandos de manera oportuna de acuerdo con ellas.

El día estaba bastante despejado y creaba una extraña sensación con el paisaje árido que tenían bajo sus pies. En la lejanía se divisaban colinas y montañas en las que se podía adivinar algo de vegetación, pero el lugar que sobrevolaban estaba desierto. Cuando estaban a punto de llegar al cañón pensaron que el color cambiaría un poco, pero no fue así. El congosto que ahora reseguían estaba completamente seco. Restos antiguos de que en algún momento allí había discurrido agua lo poblaban aquí y allá, pero no eran más que recuerdos.

El yermo paisaje estaba mermando su ánimo, y casi como una respuesta a esto mismo, el niño preguntó:

- ¿La encontraremos allí abajo?

El hombre no supo que decir. Llevaban tanto tiempo buscando… Su determinación había ido menguando poco a poco cada día que pasaba y ahora estaba cercana a agotarse. La visión de aquel congosto había reavivado su fuego interior pero no por mucho tiempo. En aquel viaje se había dado cuenta de la volubilidad de sus ilusiones, y ahora cualquier avance le parecía un espejismo, no alcanzaba a ver nada claro a través de la duda.

-¿Recuerdas la última feria a la que fuimos con mamá, antes de que…?

El chico intentó permanecer serio y atento a la pregunta de su padre, pero lo consiguió a duras penas. El hombre retomó donde lo había dejado:

-¿Recuerdas aquella atracción donde tenías que pescar unos peces con una pequeña red?

-¡Sí, era muy difícil! Se escurrían… o la red se rompía y se escapaban… Al final no conseguí ninguno…


 -Eso no importa –dijo poniéndole una mano en el hombro y agachándose a su altura, para que pudiera ver cómo temblaba su rostro.- No importa en absoluto, porque estamos aquí, los dos.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Pequeño jardín

Un hombre calvo, ajado por la edad, está sentado en un alféizar bastante ancho. Sus pies apenas llegan al suelo del jardín sobre el que está la ventana. La tierra está bastante seca y desarreglada, pero algunas flores se alzan orgullosas a su derecha, cerca del muro que delimitada el terreno. Tienen colores brillantes, rojas, naranjas, lilas. El anciano no sabe qué nombre tienen esas plantas, a pesar de que las ha cuidado con mimo durante mucho tiempo; tanto, que ya no recuerda si las plantó él o ya estaban allí cuando llegó. El día está bastante gris, como siempre allí, pero los anchos y lánguidos pétalos enjuagan sus ojos con color. Mira al cielo, pensando en si las nubes descargarán algo de agua, pero lo cierto es que no recuerda haber visto llover jamás. Siente algo húmedo, pero el cielo permanece tan estático, tan ajeno a cualquier otra cosa que no sea su quietud, que le resulta imposible no darse cuenta de que son imaginaciones suyas.

Un pequeño animal, sin emitir sonido alguno, salta desde dentro de la casa a su lado. Instintivamente el hombre le acaricia la parte posterior de las orejas con una mano. Después alterna los movimientos con rascarle el cuello. El gato se estira, apoyándose contra su muslo y cierra los ojos, complacido. El anciano mira al animal, contemplando la tranquilidad con la que se deja hacer, mientras ronronea suavemente. 

Trata de recordar algunos buenos momentos pasados con su compañero, pero se da cuenta, de hecho, de lo mucho que le cuesta recordar nada. De pronto siente una punzada de pánico, ¿habrá comido? El gato responde al estímulo alzándose y mirando al hombre a la cara. Se queda así un rato, ondulando la cola, dándole pequeños golpecitos en la espalda con el movimiento. Casi siente que le está explicando algo, pero tampoco recuerda haber hablado nunca.

Por primera vez, oye el frenazo de un coche frente a la puerta de su jardín. Desde donde está no puede ver la puerta de barrotes que sella la entrada, pero está seguro de que alguien ha aparcado justo allí. Se oye la puerta del coche abrirse, suaves pisadas en la tierra y la puerta del coche cerrarse. El estruendo del automóvil se marcha en breves instantes. El gato ahora mantiene las orejas erguidas, con aspecto inquisitivo. El anciano asiente, sonriendo con añoranza. Casi le susurra un “perdón” al animal. El gato, sin embargo, serena las orejas y la expresión y con varios saltos trepa hasta la cima del muro cercano a las flores. Dedica un breve vistazo al hombre al tiempo que unas llaves resuenan contra el metal de la verja. El hombre no puede evitar seguir mirando el muro cuando el animal ya se ha marchado.

Cuando oye que la puerta se ha abierto, se pone en pie y se dirige a ella.

jueves, 15 de agosto de 2013

La Cafetera IX - Viajes

Mientras estaba absorto en la tediosa marea de instrucciones y consejos que dudaba fuera a seguir nunca al pie de la letra, unos dedos presionaron mi hombro al tiempo que se abrían las puertas. Vi entonces que un viejo conocido se despedía con un gesto breve y salía del vagón algo apresurado. Se me hizo raro no haberme dado cuenta de su presencia hasta entonces, los manuales debían tener unas propiedades absorbentes que hasta ese momento desconocía. 

Aquello me recordó un pedazo de mi pasado. Era muy joven y tenía todavía unas ideas del mundo bastante coartadas por la literatura y la cultura de mi época... Bueno, supongo que aún ahora me cuesta reconocer que siempre he mantenido ciertas concepciones estúpidas sobre la vida, debido a un resquicio de idealismo que siempre he procurado retener, ya que en ocasiones ha sido el único resorte de realidad al que he conseguido aferrarme.

Pues aquel día entré en el tren a la hora habitual para ir a un curso al que asistía por las tardes. En ese momento pensé que sería curioso encontrarme con alguien, porque llevaba varios días seguidos en los que me sucedía, si bien en lugares y momentos del día distintos. Pensé, como hacía de manera recurrente, que estaría muy bien encontrarme con la chica que me gustaba por aquel entonces y poder charlar un rato con ella.

En aquel instante la oí, un par de asientos más allá, detrás de mí. Agucé un poco el oído. Era su voz, estaba completamente seguro, y estaba conversando con una amiga. Sentí un profundo impulso para darme la vuelta y comprobarlo, sobre todo para poder contemplarla... Pero me contuve. Me dije que quizá ella me había visto y había optado por no decirme nada. Quizá no. Yo tenía suficiente confianza con ella como para haber ido a saludarla, pero decidí no hacerlo. Me mantuve todo el recorrido así, sentado, esforzándome en no girar el rostro; oyéndola y sintiendo su presencia cercana. Aunque pasaba los días con ella en la cabeza a todas horas, esa posibilidad de estar tan cerca de manera furtiva me proporcionaba en aquel instante más felicidad. 

A punto estuve de saltarme mi parada. Me apeé del metro silenciosamente, pensando en qué iba a preparar de comer aquel mediodía.  

jueves, 27 de junio de 2013

La cafetera VIII - El metro

Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos mientras mis dedos acomodaban las bolsas entre mis pies. El suave vaivén parecía invitarme al sueño, y aunque mi cabeza no estaba de acuerdo, cerrar los párpados me alivió un poco. Sentía el cuerpo algo más ligero y casi por un instante pensaba poder relajarme de veras, pero las ideas e imágenes de tu cabeza no se van porque quieras, al contrario. Es un lugar común, sí, pero no por ello duelen menos; no porque lo hayan dicho miles de personas antes tu vida va a ser más soportable.

Cuando la evasión interna falla, puede ser que la externa funcione, nunca está de más probar. Abrí lentamente los ojos y miré alrededor. El vagón estaba bastante vacío. Siempre que he estado aburrido en un medio de transporte y he tenido ganas me he dedicado a hacer inventario de la gente que está en ese momento. ¿A qué se dedican? ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? Trato de no fijarme en los indicios más típicos y visibles, huyendo de la información que me pueda dar el modo de vestir o una determinada camiseta. Más bien intento fijarme cosas más pequeñas: gestos, la mirada, la forma de hablar… Expresiones que pueden descubrir o enmascarar la sinceridad. Cuando salgo del metro, me parece haber acertado en general con mis suposiciones, como invadido por un orgullo banal e idiota que nace espontáneamente de la ignorancia. Con las personas que he conocido, siempre me he equivocado en esas señales.

En aquella ocasión me percaté de que un chico joven, quizá universitario, me dedicó una mirada furtiva, pero con bastante atención, como las que yo practicaba. Por primera vez pensé en qué debía pensar la gente de mí si se dedicaba a tratar de adivinar mi vida desde un vistazo durante varias paradas de metro. Me pareció un poco triste. Vidas y más vidas. Cada una con sus otras vidas enganchadas: sobre los hombros, colgando de un pie, sobre la cabeza. ¿Dónde estarían las que yo cargaba?

Abrí la caja de la cafetera y saqué las instrucciones como pude. Extendí el libreto, algo arrugado, y me dediqué a leer la puesta en marcha el resto del trayecto.

martes, 4 de junio de 2013

La Cafetera VII - Salidas y Entradas

Salí del supermercado algo nervioso. Había tardado mucho en decidirme por el mantel y aun así no terminaba de estar convencido de mi elección. Sin embargo, prácticamente tomé el primer paraguas que encontré; apenas decidí el tamaño, no me molesté en seleccionar un modelo por encima de otro y no me preocupaba en lo más mínimo.

A medida que me acercaba a la salida del centro comercial la sensación de inquietud fluctuaba dentro de mí. Tenía la sensación de que se me olvidaba algo, de que me dejaba algo, o más bien, de que me faltaba algo. Pero era incapaz de concretar el qué.

Cuando finalmente salí, ya no llovía apenas. Me sorprendió que la ferocidad que el agua tenía hacía un rato se hubiera evaporado tan pronto. Ni siquiera me molesté en estrenar el paraguas, dejé que las débiles pero continuas gotas fueran deslizándose sobre mí. Cuando entré en la boca del metro estornudé. Inconscientemente sonreí, recordando aquello que siempre decía mi padre sobre este tipo de lluvia: un calabobos la definía, y como casi siempre tenía razón.

Tuve que hacer un breve espectáculo para conseguir extraer la tarjeta de mi cartera. Después me costó un poco pasar por el torno por el bulto de las bolsas; no sé porque los hacen tan estrechos. Cuando bajaba los últimos escalones el metro estaba deteniéndose en la estación, así que di un par de zancadas para atravesar una puerta abierta, las bolsas danzaron desde mis manos pero las aferré bien con los dedos para que no se cayera nada. Una vez dentro me desplomé en un asiento cercano y suspiré aliviado.

El transporte se puso en marcha, siguiendo con facilidad los raíles que prefijaban su camino y le llevaban a su destino sin sentido.

jueves, 23 de mayo de 2013

Vuelta a casa

-¿Nervioso, comandante?

La mujer se acerca tímidamente a la mesa, no por miedo a que alguien estuviera mirando, lo cual era bastante improbable en la sala de misiones de la cubierta inferior, sino porque seguramente le gustaba actuar así. El susodicho levanta la cara de la superficie holográfica, todavía sin descifrar las transmisiones encontradas. Su rostro no quiere reflejar ningún pensamiento o expresión.

-No sé si se le podría llamar nervios a esta sensación... No acabo de entender ese concepto que usáis vosotros, pero... estoy ansioso por llegar a casa, y también algo... Inquieto por saber cómo irá el recibimiento.

-Eso se parece bastante a estar nervioso -comentó la humana divertida-. En cualquier caso, vengo a deciros que estamos a punto de entrar en órbita.

El comandante hace un gesto con la mano y la chica se marcha. Bien, piensa, ya estamos llegando... Es la primera misión larga que llevo a cabo fuera del sistema y ha ido bastante bien. Aunque aún estemos desencriptado estos archivos, lo importante es que los hemos encontrado; la información está ahí. Me pregunto cómo reaccionará todo el mundo. Sólo aguanta un poco más, hermana...

Pasa un tiempo indeterminado hasta que se oye una voz por uno de los conductos del sonido:

-Comandante, debería echar un vistazo a los informes que se están emitiendo ahora mismo en la consola. La revisión de los sensores.

Ah, sí, malditos sean: nos han hecho retrasarnos, a ver si ya están reparados, entonces. Un estruendo ensordecedor se amortigua en las paredes de la nave y llega en forma de un leve suspiro a sus dependencias. Vaya, parece que ya entramos en la atmósfera... Sus ojos resiguen como locos la pantalla. ¿Qué? No, debe de ser un error. Pone que los sensores funcionan correctamente..., ¿entonces por qué no hemos recibido respuesta? ¿Por qué no encuentra...? Abre el micro:

-Zahera, vamos a prepararnos para salir en cuanto atraquemos, trae al nuevo contigo.
Vuelo suave, tras las montañas se recortan los enormes edificios de la ciudad. Grandes estructuras uniformes, con una distribución ordenada, menguando en altura según el radio mantenido con el centro; forman un dibujo curioso, casi natural a pesar de la artificialidad de las piezas que componen ese todo. Remontadas en las colinas cercanas, se alzan unas estructuras más robustas, construcciones duras en el aire, remachadas con formas distintas pero todas ellas toscas; semejan un amasijo de bigas y edificios sembrados  en el monte. Allí se dirige la nave y se acopla lentamente a uno de los salientes.

-Comandante, no hay ninguna señal...

-YA HE VISTO los informes, capitana. Abra las compuertas, cabo.

Las compuertas se abren después de la despresurización. Un pasillo vacío. Los ventanales se abren a su derecha. El comandante se acerca sin aliento y observa a través de ellos. Toda la ciudad inmóvil. Mejor dicho, nada que sugiera un movimiento voluntario.

-¿Quiere abrir ya los ojos?

-¿Qué... Qué ha ocurrido aquí?